Septiembre 2, 2012
“Mas alla de Tel Aviv es otro pais” – o la asfixia de vivir en un estado aislado del mundo

70 kilómetros separan Tel Aviv de Jerusalén,  capital administrativa y religiosa de Israel, y objeto de disputa entre árabes, judíos y cristianos por los siglos de los siglos.  La autopista 1 deja atrás los campos de naranjos y  cultivos de las afueras de Tel Aviv para adentrarse entre las  colinas cubiertas de pinos y olivos que rodean  Jerusalén.  El tráfico es denso y pasamos tramos de curvas. Nos pitan en diversas ocasiones. Saritr, la madre de mi amiga Shani, conduce peor que la mía. Su Mercedes Benz negro con asientos de piel sigue siendo la única berlina de lujo  que he visto en todo el viaje,  a parte de algún Audi. “Este coche cuesta casi igual que un apartamento”,  me explica Saritr soltando una mano del volante.  Su pie derecho acelera y desacelera sin sentido. Me mareo.  Los coches automáticos deberían estar prohibidos a toda mujer con aspecto de pijaloca de más de 50 años. Saritr me explica que los israelís no compran berlinas alemanas porque porque los impuestos de aduanas hacen que sus precios sean prohibitivos.

Para acceder al casco antiguo de Jerusalén hemos estado un buen rato metidas en un atasco. Por la ventanilla confirmo que la mayor parte de sus habitantes son religiosos: hombres con quipa, ortodoxos corpulentos con la frente sudada y los tirabuzones despeinados, mamás con peluca y medias tupidas arrastrando de la mano a sus hijos… Las aceras suben y bajan, pero los colores de la ciudad no varían. Los edificios nuevos todavía se construyen con la misma piedra color  vainilla que las murallas y la ciudad antigua, imitando incluso el almohadillado rugoso en los bajos  de cada casa.  Este tipo de piedra caliza, extraída durante siglos de las canteras de la zona, se conoce como “piedra de Jerusalén”.

Saritr aparca el Mercedes en el parking de un nuevo shopping mall pegado a la ciudad antigua. Sus tiendas de ropa y cafeterías con vistas a la puerta de Jaffa se han convertido en el punto de encuentro entre los turistas y los habitantes de Jerusalén. Justo delante han levantado un complejo de apartamentos  de lujo en piedra caliza con vistas a la ciudad santa.  Me  pregunto quién querrá invertir aquí.

Tengo un vago recuerdo de mi primera visita a Jerusalén, en setiembre de 2001. Recuerdo que me agobié  al toparme continuamente con masas de turistas italianos paseando y rezando por sus calles estrechas, o haciendo cola para entrar a la Iglesia del Santo Sepulcro. (después me di cuenta de chocaba con todos porque estaba siguiendo el itinerario que me indicaba la guía – el vía crucis? – del revés).

Pocas cosas han cambiado en el año 2012. Jerusalén sigue siendo una trampa de turistas, con la diferencia de que ahora no se escuchan italianos ni españoles.  Ruski, ruski, ruski. Israel está lleno de rusos, sean turistas o recién emigrados. También vi bastantes asiáticos y norteamericanos, principalmente adolescentes judíos que participan en tours financiados por  distintos mecenas para que visiten por primera vez Israel. “Estos programas son una experiencia  única  para conocer mejor la realidad de nuestro país, piensa que también les llevan a visitar un kibbutz y a conocer a los soldados”,  me explica la madre de Shani. Reconozco que los comentarios de este encanto de mujer me ponen un poco nerviosa. Es patriótica y está convencida de que los árabes son el origen de todos los males.  Aquí algunas de sus perlas: “Los árabes no pueden tener democracia,  no entra en su cultura”; “a Irán le da igual que en un ataque a Israel también pueden morir palestinos. Los árabes se matan entre ellos”, o “todavía no puedo ver a los alemanes”.

Intento buscar una explicación a tanto paletismo y racismo contra los árabes que he detectado en muchos israelís. No puedo ponerme en la piel de una sociedad que se despierta cada día pensando que pueden ser atacados y perder todo lo que han levantado hasta hoy. Mi amiga Shani tiene  en casa una máscara de gas (me ha prometido que conseguirá una para mi). Su madre y la mayor parte de la población de Tel Aviv, también.  Pero sí puedo ponerme en la piel de una población totalmente aislada del mundo.  Es asfixiante pensar que uno sólo puede salir de Israel en avión (al margen de cruzar en coche por Egipto, pero es un trayecto pesado).  Los trenes se paran en la frontera. Líbano y Siria, dos vecinos enemigos.  Sólo la gente adinerada puede coger un avión y airearse a menudo.  La vida de mi amiga Shani se reduce a Tel Aviv. Las otras ciudades están habitadas mayoritariamente por religiosos. Menos vida cultural, menos bares y cafeterías. “Más allá de Tel Aviv es otro país”, dice Shani.

http://operacionberenjena.wordpress.com/



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